Café con pan
Yo desde siempre la conocí viejita, ella nació con el siglo
XX y sobrevivió a tantas experiencias de las cuales no hay crónicas; porque en
este país, solo leemos las noticias y desconocemos las historias que hay detrás
de cada una de ellas, por ejemplo, que fue una sobreviviente de las inundaciones
en 1925. No logro imaginármela de joven, tan llena de sueños, de esperanzas
porque risas, alegría y felicidad siempre las conservo en sus más de cien años.
Contaba mi madre que después que nació mi hermana mayor,
ella se presento a casa para cuidar a “la niña”, ella se lo había prometido a si
misma que iba a cuidar a la niña de Irmita, y ganancia de suertudos porque también
cuido a mi hermana menor y a mí.
Mi mama Cata, cumplió con todos los ritos de cuidados a recién
nacidos, mollera, mal de ojo, calentando
partes del cuerpo, baños, comida… y precisamente de comida va el tema.
Cuentan las historias que ella de cuerpo menudo, quizás no sobrepasaba
las 120 libras acostumbraba cargarme atado con una faja y de lado, eso le permitía
hacer algunos quehaceres, de tanto en tanto el bebe colgado estiraba la mano y
agarraba alguna comida que iba para la boca y vaya que había de donde agarrar.
También quedo otra historia, quizás algún neonatólogo o pediatra se
tome de los cabellos; pero, entre esos cuidos estaba dar café con pan al bebé. Sentado en el regazo de mamá Cata ella mojaba el pan y se daba al niño
(inserten acá una sonrisa de oreja a oreja). Mamá Cata ya no está; pero, les
juro que cuando bebo café a solas no puedo evitar pensar en ella y un recuerdo
de pan húmedo y tibio regresa a mí.



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