PERFILES: Claribel Alegría

Una mala noticia cae en cualquier momento, que caiga el día de tu cumpleaños es desagradable.

Un 25 de enero partió Clara Isabel Alegría Vides, Claribel.
Foto Internet: Claribel Alegría.

Dios me libre de la responsabilidad de que alguien me llame poeta, y Dios ilumine a quienes se hacen llamar a si mismo tales. La poesía, esa virtud, don, inspiración que permite transmitir sentimientos en palabras no es algo de lo cual jactarse, conlleva asimilar emociones, dolores, alegrías, tristezas, asimilarlas y luego devolverlas, para aprender, para sentir, para vivir, para saber, para saber vivir o morir.

Y Claribel Alegría sabia fundir tanto la vida, como la muerte en sus escritos, de ninguna forma eran poemas tristes, sino fuertes, que infundían entusiasmo, resolución, aceptación a lo natural. Aunque lo primero que leí de ella fue "Cenizas de Izalco" fue su poesía lo que me dejo huello. Deseo compartir dos de mis poemas favoritos de ella: el primero me recordó  a mi madre quien es tal como ella describe las hojas.

Me gusta palpar hojas 

Me gusta palpar hojas 
Más que libros 
Revistas Y periódicos 
Más que móviles labios 
Que repiten los libros, Las revistas, Los desastres, 
Me gusta palpar hojas 
Cubrirme el rostro de hojas 
Y sentir su frescura 
Ver el mundo
 A través de su luz tamizada 
A través de sus verdes 
Y escuchar mi silencio 
Que madura 
Y titila en mis labios 
Y se rompe en mi lengua 
Y escuchar a la tierra 
Que respira 
Y la tierra es mi cuerpo 
Y yo soy el cuerpo de la tierra 



Carta al tiempo.

Estimado señor:

Esta carta la escribo en mi cumpleaños.
Recibí su regalo. No me gusta.
Siempre y siempre lo mismo.
Cuando niña, impaciente lo esperaba;
me vestía de fiesta
y salía a la calle a pregonarlo.
No sea usted tenaz.
Todavía lo veo
jugando ajedrez con el abuelo.
Al principio eran sueltas sus visitas;
se volvieron muy pronto cotidianas
y la voz del abuelo
fue perdiendo su brillo.
Y usted insistía
y no respetaba la humildad
de su carácter dulce
y sus zapatos.
Después me cortejaba.
Era yo adolescente
y usted con ese rostro que no cambia.
Amigo de mi padre
para ganarme a mí.
Pobrecito el abuelo.
En su lecho de muerte
estaba usted presente,
esperando el final.
Un aire insospechado
flotaba entre los muebles
Parecían más blancas las paredes.
Y había alguien más,
usted le hacía señas.
El le cerró los ojos al abuelo
y se detuvo un rato a contemplarme
Le prohibo que vuelva.
Cada vez que los veo
me recorre las vértebras el frío.
No me persiga más,
se lo suplico.
Hace años que amo a otro
y ya no me interesan sus ofrendas.
¿Por qué me espera siempre en las vitrinas,
en la boca del sueño,
bajo el cielo indeciso del domingo?
Sabe a cuarto cerrado su saludo.
Lo he visto con los niños.
Reconocí su traje:
el mismo tweed de entonces
cuando era yo estudiante
y usted amigo de mi padre.
Su ridículo traje de entretiempo.
No vuelva,
le repito.
No se detenga más en mi jardín.
Se asustarán los niños
y las hojas se caen:
las he visto.
¿De qué sirve todo esto?
Se va a reír un rato
con esa risa eterna
y seguirá saliéndome al encuentro.
Los niños,
mi rostro,
las hojas,
todo extraviado en sus pupilas.
Ganará sin remedio.
Al comenzar mi carta lo sabía.






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