CAPITULO 2: CUIDADO CON LAS DECISIONES DEL CORAZON
En Junio de 1876,en Little Bighorn, la séptima de caballería cargo contra una alianza india que dirigía el jefe caballo loco; teniendo por guías espirituales a los jefes Toro sentado y Caballo rojo; los indios perdieron miedo y resistieron la carga de caballería a los cuales derrotaron y mataron a la mayoría de soldados, de hecho solo un caballo del regimiento sobrevivió, los historiadores están en su mayoría de acuerdo que la carga de ataque efectuada en forma temería se debió en su mayoría a las ambiciones de Custer de tener una victoria rápida y en solitario , sin esperar ayuda de dos fuerzas que se acercaban al sitio. Triste ejemplo de sobreponer los sentimientos a los hechos reales; pues fue aconsejado no atacar y esperar refuerzos.
Eran las tres de la mañana cuando sonó el despertador, más que levantarme; me deje caer al suelo para luego literalmente arrastrarme a la ducha, con ese vago sentimiento que mejor me quedo dormido; porque, lo que ayer me sonaba como muy importante como para levantarme a las 03:00 AM, ya había dejado de serlo y mejor me quedaba dormido. Y tan dormido estaba que la ducha no me sirvió de mucho, solo fue un susto momentáneo y 15 minutos de frescura, después me regreso el sueño, como cuesta despertar verdad? Ya en casa sabían que iba a salir un par de días, como era usual que saliera del país por competencia deportivas no le extraño a nadie, tome un taxi que me llevo a la terminal desde la cual saldríamos a Guatemala, el reloj marcaba las 04:05 cuando llegue a la terminal, parecía que no había transcurrido ninguna noche, se veían buses entrando y saliendo, lo mismo que personas que esperaban salir o ya estaban dentro de los buses, recostadas contra los vidrios tratando de dormir o bien bebiendo un café, buscando con quien hablar para ahuyentar el sueño, ya todos estaban esperándome dentro del autobús; aparte de Germán, estaba el seco Adolfo, el rockero a quien nunca le supe el nombre, Mercedes, la Lupita y Maximiliano a quien simplemente le llamaban Max, después me entere que el resto del grupo llegaría más tarde, porque no era obligación irse tan temprano; pero, como a mí solo me dieron hora de salida..Mala suerte. me fui sentado en la primera fila, por aquellos días no había aprendido la técnica de dormir en los viajes largos, así que me entretenía viendo los paisajes, letreros y cuanta cosa pudiera para no aburrirme, el cruce de palabras no fue mucho, solo una presentación, aunque todos nos conocíamos de vista, no habíamos cruzado palabra nunca, a excepción del rockero que era fiel asistente de los reventones en las fiestas de la facultad, el resto, aunque se veían por aquí y allá no hubiera podido apostar que me los encontraría en ese viaje.
Fue en la frontera, donde por primera vez, un chapín que viaja junto a mí, se atrevió a preguntar: -Vas a la huelga de dolores? No debió de haberle convencido mi cara de actor mal pagado fingiendo extrañeza o dolor de estomago. Porque cuando respondí negativamente con la cabeza, repitió ya no como una pregunta sino como una afirmación: -vas a la huelga de dolores. Y es que según yo, era algo no muy conocido, que lejos estaban mis imaginaciones de lo que en realidad pasaría. Muy pronto descubriría que estaba asintiendo a una tradición de más de 100 años.
Llegamos en tiempo a la capital, y almorzamos cerca de la terminal, ya para entonces y con más libertad había trabado plática con Max, el rockero y las chicas; el seco Adolfo prefería pasar callado aunque no se separaba mucho del grupo. Germán se nos perdió una media hora y cuando regreso ya venía con dos “compas” que serian nuestros guías, siguiente parada: la Alma Mater. A Germán se le veía rejuvenecido, con un entusiasmo que desbordaba y que quedada como anillo al dedo dentro de los edificios del Alma Mater, por todos lados se veía movimiento, armando carteles, preparando disfraces, repartiendo carteles, panfletos y con un poco de cuidado podías ver entrar y salir paquetes irreconocibles. Como siempre he dicho, somos parte de un zoológico, así que cuando aparecieron los primeros nerds adoptaron a Max, cuando vinieron los primeros peludos, vestidos de negro y botas de motociclista, adoptaron al rockero, La Lupita y la Mercy desparecieron tras las chicas que organizaban la propaganda y que ensayaban cantos, ya Germán se había dado a la fuga con Adolfo con la tanda mayor y yo me había quedado en una esquina, y tratando de observar lo mejor que pudiera. Fue entonces cuando la mala suerte apareció en forma de mujer y hay que ver que buen gusto tiene la mala suerte para sus disfraces.
-Quieres un agua? – pregunto la rubia centroamericana más linda que yo haya visto hasta entonces
-Claro respondí, mientras le alargaba la mano y tomaba una lata que me ofrecía, por aquellos tiempos no habían en el país muchas gaseosas enlatadas y la novedad era traerlas de Guatemala, era la prueba que habías viajado, o al menos llegado a la frontera.
-vienes con los salvadoreños?.
-Si respondí.
Los hombres tendemos a perdernos en un par de ojos bonitos, una sonrisa amplia y unas caderas esplendidas, hablamos…bueno, no hablamos, yo preguntaba y ella respondía, debí de haber comenzado a sospechar cuando las respuestas comenzaron a ser exactas y sin muchas explicaciones, aunque claro; comenzamos por lo básico.
La huelga de todos los dolores, según me explico se remontaba ya casi a 100 años atrás, desde entonces había sido una tradición de los estudiantes, ella en particular, pertenecía a una familia con larga tradición su padre y su abuelo, sus tíos y hermanos mayores, todos participaron en organización, en la marcha o en la velada, le contaba yo que lo que más cercano que teníamos pero, que no eran comparables eran las veladas de la facultad de medicina;, esa tarde, sentí algo que no había sentido en mucho tiempo: una conexión cercana con alguien que recién conocía. Alexa, era un dulce, un sueño, no solo por lo bella, pues parecía un copia de la Marilyn Monroe, sin exagerar, solo le hacía falta el lunar y el pelo platinado, pues el de ella era un rubio muy expuesto al sol, típico de una estudiante de medicina que pasaba tiempo voluntario en la zona rural. Hablamos de nosotros, de lo que eran nuestras vidas, de cómo veíamos nuestro futuro, el futuro de los países, me preguntaba por nuestra naciente paz,
, yo le contestaba de los desengaños, de los lideres que dieron la espalda, de las promesas no cumplidas y de las grandes esperanzas. Sobre todo, le compartía mis decepciones, que las cosas no eran como las pintaron y que a las horas de las horas, cada quien agarro la mejor tajada de la piñata. De vez en cuando me interrumpía, y me preguntaba que pensaba de algo específico y casi siempre respondía lo mismo: llegado el momento tienes que escuchar tu voz interior decía yo. Así hablando se nos paso la tarde, el sol caía y ella tenía que ir a ayudar a su grupo, como de magia todos los perdidos del clan, incluyendo a Germán y Adolfo comenzaron a aparecer, con ellos el grupo que había salido a mediodía, ya éramos mas de 15, así que fuimos a cenar y regresamos al Alma Mater, a medianoche saldríamos hacia al punto desde el cual saldría la marcha.
Alrededor de las nueve de la noche, después de un desaparecimiento corto de Germán, aparecieron nuestros guías y nos obsequiaron camisas con la chalana, la figura oficial de la manifestación, identificaciones y sobre todo, con indicaciones de cómo debíamos de proceder por si los grupos de seguridad interno nos preguntaban por nuestro acento, inmediatamente partimos hacia un teatro al aire libre donde se estaba presentando la velada teatral, en realidad se parecían mucho a las veladas de medicina, excepto que estas se hacían a pocos metros de un cuartel y de vez en cuando, los reflectores iluminaban las troneras de los garitos mientras por medio de los altavoces se les gritaba: gorilas!!!, a los soldados y los gritos de: huecos!!! de la multitud paralizaban el acto momentáneamente.
Ya por entonces yo no podía disfrutar nada, porque el cruce de muchas miradas se pareció sospechoso, varios de nuestro grupo, que había visto en la ramada, se cruzaban miradas sospechosas, nuestros guías cruzaban miradas sospechosas, Germán me miraba y no sabía interpretar sus señales, Max se me acerco y con una voz que no supe distinguir si emocionada o preocupada me pregunto: - y a vos ya te dieron cuete?.

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