Capitulo I: Entrega numero 2.

En algún momento de mi vida fui como tú, hace mas de 20 años cuando puse pie por primera vez en esta universidad, fue a principios de los 70, eran tiempos donde podías tener cinco centavos de colon en la bolsa y valían para algo, acabamos de clasificar a un mundial de futbol y comenzaba la industrialización, el haber ganado la guerra con Honduras daba cierto enojo porque al final todo tuvo que devolverse, y con ellos, regresaron los migrantes, para esos tiempos ya era común ver a salvadoreños, migrar hacia Estados Unidos, Panamá o Belice, aunque los que nos quedábamos veíamos la vida con cierto optimismo, la verdad es que, el país le pertenecía a pocos y a la mayoría solo nos quedaba ser los empleados; yo estudiaba en los alrededores del parque Libertad, que en aquella época era barrio de muy buenos colegios y escuelas, pero, mi vida cambio cuando ingrese a la universidad, fue la primera vez que escuche a alguien hablar de injusticia y de reivindicaciones sociales, estábamos en la época en que los militares se pasaban la banda presidencial entre ellos,  decidiendo en grupo y repartiéndose el ejecutivo, los fondos y las influencias, al principio me daba miedo, en casa todos éramos muy tranquilos, mis padres me habían criado bajo un cristianismo muy cerrado, la fe no se cuestiona me dijeron una vez, y dentro de ella crecí, dando gracias por lo que tenia, aunque esto pareciera poco.

Sin embargo, tanto escucharlos, tanto verlos, tanto admirarlos; me fui envolviendo y haciéndome preguntas, veía mi plato de comida y preguntaba porque unos  tienen más en su plato que otros, porque en este país todos los que trabajaban como burros comían tan poco y siempre lo mismo, porque esa fórmula militares y empresarios nos estrangulan tanto? Y así comencé a ir a mítines, a leer los panfletos, un día Camilo, que años después fue mi comandante; me invito a un reunión, una reunión clandestina, fue en una de las aulas de la facultad, éramos pocos y todos éramos jóvenes, el mayor tendría 24 años, a la mayoría de ellos no los había nunca en la universidad, eran estudiantes; pero no estudiaban, la primera reunión a la que fui y que no se me olvida, fue porque termine elegido como “voluntario” para hacer explotar una bomba de propaganda, yo estaba aterrado, todos me decían que era lo más fácil del mundo y que además no corría peligro, que ellos estarían siempre detrás de mí. Lo recuerdo como si hubiera sido hace un rato, en una de las calles del centro, pesaba lo de dos resmas de papel, mas dos morteros de los grandes, casi se me caen no tanto por el peso; sino porque me temblaba todo el cuerpo y era difícil coordinar las manos y pies al mismo tiempo, pensar?, imposible,  casi que caminaba en automático, como zombi.

Sin embargo, todo termino bien, en medio de la hora de tráfico, las seis de la tarde, entre oficinistas, obreros, vendedores de pan, y buses….bbbbuuuuummmm….estallo esa bomba que hizo saltar al cielo, varios hojas de propaganda, para ser sincero, nunca leí aquel panfleto de lo  que sería la primera de muchas bombas de propaganda que hice detonar, ni tan convencido por las ideas; teniendo en mi mente muy vagas ideas que la tendencia política de mi lucha; pero, creyendo de la justeza de las reclamaciones me volví parte del grupo universitario por el cambio, protestábamos contra la desigualdad, la opresión, los sueldos de hambre, la poca atención a los pobres, las farsas electorales, etc., un día dejaron de ser bombas panfletarias, y comenzaron a ser pintas, nos quedábamos “estudiando” en la universidad y salíamos saltándonos las cercas;  pintábamos cuanta pared se nos ocurría durante el día: “Libertad”, “Alto a las injusticias”, “Libertad a los desaparecidos”; me gustaba caminar de día y ver las paredes que pintábamos, sentía que estaba haciendo algo, que formaba parte de algo, mi historia como la de muchos, comenzó así, con ese vago sentimiento que las cosas no están bien y que deben de cambiar, de enojaba ver a los desposeídos, las casitas marginales alrededor de las quebradas, los niños panzones de lombrices, los hombres flacos y enjutos, un día me invitaron a un protesta, a una marcha, en esos tiempo llevaba una doble vida, o mejor dicho, me repartía entre dos vidas, porque aun era estudiante, iba a clases y casualmente ese día habíamos quedado de estudiar, un 30 de Julio…

Cada vez que pienso como me cambio la vida no haber ido a esa marcha, me entra un escalofrió, porque las posibilidades de morir crecen a cada momento y las posibilidades de evadirla casi siempre son producto de la casualidad; sentado en las bancas de la biblioteca central se escucho a los lejos un griterío lejano, a los minutos muchos compañeros ingresaron a la universidad, tanquetas le habían cerrado el paso a la manifestación y soldados y tanquetas abrieron fuego contra la marcha universitaria, Camilo que por rara coincidencia no iba en la primera fila como siempre, porque se había detenido a comprar una gaseosa, apenas tuvo tiempo para escaparse por otros dos por una comunidad que desembocaba en una quebrada, quedarse en la comunidad no era solución, porque los soldados buscarían en las cercanías, así fue como terminaron en la quebrada, teniendo que realizar un salto de más de 7 metros, sentir el vacio en ese momento, fue como una caricia de muerte, esa que te recorre la espalda desde la nuca hasta donde termina la columna, se salvo, caminando dos kilómetros bajo las alcantarillas, dos kilómetros en la oscuridad, dos kilómetros, dos mil metros con mierda hasta la cintura y sudando helado, escuchando fantasmas detrás de ellos, y con el miedo confundido con el instinto de supervivencia. Salieron a la luz y se escondieron, entraron a la cloaca alrededor del mediodía, y esperaron hasta la medianoche para ponerse en movimiento.

Yo había escuchado los compañeros regresar a la universidad, contando la masacre, pronto todos salieron corriendo, los soldados venían hacía el campus!, con sus tanquetas y fusiles, no venían a preguntar ni investigar, venían a completar la misión, por esos días, yo andaba con Margarita, la tome de la mano y dejamos todo; si nos encontraban en la calle no tendríamos nada encima que nos delatara como estudiantes de la universidad, pase a dejarla a ella y apenas llegue a casa a tiempo antes del toque de queda que habían anunciado por radio y tv y del cual no me entere en las confusiones del día; estaba dormido, cuando me despertaron golpes en la puerta: era Camilo y dos más que se habían escapado de la muerte; hasta entonces me percate lo alejado que estaba de una causa a la cual me aparentaba tan cercana. Se bañaron y se acomodaron todos en la sala, tendimos unas sabanas, unos cartones e improvisamos lugares donde dormir, pero no dormimos, escuchábamos nuestras respiraciones y presentíamos en silencio que cada uno pensaba en sí mismo, en el día, en la vida, en la muerte, en la justicia y en muchas cosas más, no sé si fue mi imaginación, juraría que escuche mas de alguna lagrima. La universidad fue cerrada, de poco a poco se organizaron los estudiantes para recibir clases en aulas alquiladas por ellos mismos, ahí volvimos a encontrarnos los organizados; la masacre del 30 de Julio, me sirvió para pensar si quería estar junto al borde de la piscina o si quería zambullirme de una vez en esas aguas heladas. Y me lance de cabeza; me organice y ya no solo eran bombas de propaganda, comenzaron a ser encargos más grandes, espiar movimientos de algún cuartel o destacamento militar, tomar una radioemisora y leer un manifiesto, ya manejaba armas, cortas y largas, morir estaba justificado , a finales del 79 cuando triunfo el sandinismo en Nicaragua y pensando que un nuevo amanecer se acercaba a nuestros países, salí por la vía clandestina a México, ya mi vida había dejado de ser la de alguien que pensaba estudiar para convertirse en un profesional de futuro; el futuro se había vuelto algo sur real, algo lejano que solo podría construirse bajo un nuevo modelo económico-político. Como sea que la vida tampoco era lagrimas  y lucha, Margarita seguía conmigo, fue una noche del 77, nos habíamos quedado en una casa de seguridad, ella llego a dejarme comida, se quedo a platicar conmigo y terminamos desnudos, naufragando en emociones desconocidas hasta entonces y deseando que no amaneciera, al día siguiente ella me dijo que quería quedarse conmigo hasta el final, y desgraciadamente así fue…

En México, mis funciones eran hacer campaña, hablar con gente, exponer la situación del país, los universitarios tenían fresco el recuerdo de Tlatelolco, el priismos se sentía en todos los niveles de la sociedad, era otra forma de tiranía, cada país tenía sus propios problemas; pero, como latinoamericanos, todos nos sentíamos parte de la solución, éramos internacionales. Llego el 80, regrese al país para participar en la gran ofensiva del 80, Margarita viajo conmigo, íbamos convencidos que seriamos una llama que consumiría la tiranía del país, que todo ese mar de gente que llenaba mas manifestaciones se rebelaría, una insurrección fantástica que cambiaria las estructuras políticas podridas del país; pero, no fue así, esa noche me sentí desilusionado, traicionado, ese día, no solo vi caer muchos compañeros y amigos, sino que también perdí a Margarita. No éramos militares, éramos patriotas, pensamos que eso sería suficiente,; pero, la justicia poco puede hacer frente a un M-16. Ante la imposibilidad de salir del país, nos movimos hacia la retaguardia, mi zona fue Guazapa, ese cerro tan cercano a la capital y tan inaccesible para el ejército. Aguante ahí un año intacto, hasta que una bala me perforo el muslo derecho y de dejo con problemas para caminar, claro, podía moverme; pero ya no servía para campañas militares. Mucho menos después que se declaro la guerra de baja intensidad, las tácticas aerotransportadas y los comandos urbanos. Así Salí para el exterior y me quede colaborando con la elaboración de documentos, panfletos y recibiendo a los compas que venían heridos o con misiones especiales,. Así pasaron los años, parecía que la guerra no acabaría nunca, se hicieron platicas de paz; pero, siempre era lo mismo, darle largas al asunto y el gobierno recibiendo armas de los Estados Unidos, me entere de la ofensiva del 89,no me dejaron participar, pues después de 4 años en ciudad había cosechado unas libras de más, adicional mi pierna que si bien nunca cojeaba, tampoco me dejaba correr o pasar mucho tiempo de rodillas, condiciones indispensables en una lucha armada.

El Año nuevo del 92 nos recibió a todos con la noticia de los acuerdos de paz, una semana después estábamos de regreso en la capital, el día que se firmaron los acuerdos llenamos la plaza de la catedral y pensamos que las cosas cambiarían para todos. Pero, ya van casi 3 años y las cosas no han cambiado, a muchos de los líderes de la revolución se los comió la burocracia, el dinero y el poder, un día me desperté con la sensación que 18 años defendiendo una causa y un ideal habían sido en vano, por eso regrese aquí, a la universidad y a la época donde recuerdo que fui feliz, aunque los años han cambiado la época sigue siendo la misma, las injusticias por las que luchamos parecen eliminadas, pero solo están dormidas, entonces decidí regresar a mis raíces; para convencer a tipos como tú a hacer algo realmente por sus vidas;

Callo un momento y luego me miro – que piensas hacer con tu vida?, no me vayas a decir que ser un profesional de futuro y lanzo una carcajada sonora. –No lo sé – respondí, la verdad es que la vida es complicada.
-La vida es sencilla respondió – debes de hacer lo que quieres en el momento correcto.
-Como se sabe cuándo es el momento correcto –pregunte.
-muy fácil , cuando todo te lleva en una dirección es el momento correcto. Por ejemplo hoy.
-que tiene hoy de especial?
-es el día que puedes morir por meterte donde no te llaman o bien puedes vivir para algo.
En ese momento saco una pistola y comenzó a jugar con ella; mientras yo la veía asustado  el la coloco en mi frente y pregunto: tienes miedo a morir?..A responder iba cuando escuche el característico chasquido metálico de un arma amartillada...

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